Hacía tiempo que no salía del cine tan traspuesta como lo hice anoche, después de ver La La Land en uno de los cines más curiosos de Barcelona. A lo largo de los años he visto auténticas maravillas ante la gran pantalla —Spotlight, mi favorita del año pasado, o Birdman, la del anterior, son grandes ejemplos—, pero en ningún momento había contemplado la posibilidad de que fueran películas transgresoras, de esas que acaban estudiando niños pretenciosos con gafas de pasta en clases de Historia del Cine. Porque eso es lo que va a pasar precisamente con La La Land, probablemente la película más galardonada de esta temporada de premios. Y no es para menos: es una película que hace vibrar, sentir y soñar como pocas. Con ecos de musicales chapados a la antigua y el toque personal del motivo que ya son Chazelle y el jazz, las dos horas de metraje se diluyen en una bellísima historia de amor y pasiones, unas por el piano y otras por el éxito en Hollywood.
La premisa es sencilla: chico conoce a chica en Los Ángeles, uno es pianista de jazz y la otra un intento de actriz que se pasa la vida yendo de un casting a otro sin suerte alguna. Pero la enjundia de la película no reside en la trama, ni siquiera en los vibrantes números musicales —que hacen mucho, por supuesto—, sino en el pathos tan absolutamente increíble de Mia y Sebastian y como, ante todo lo demás, apuestan por no rendirse y seguir sus sueños, para bien o para mal. La química entre Gosling y Stone es más que evidente —esta es su tercera película juntos, después de la ligera Crazy, Stupid, Love y la accidentada Gangster Squad—, y quizás es por ello por lo que todo en la película encaja de una forma tan absolutamente perfecta.
Y es que Mia y Sebastian son dos personajes absolutamente apasionados con aquello que les gusta. Solo hay que ver la escena en la que él intenta convencerla de las grandes virtudes del jazz, con esa pasión que enciende sus palabras como cuando uno habla de algo que realmente le entusiasma: son personajes valientes, pero que sobre todo son capaces de convertirse en un espejo de todo aquel que tiene un sueño improbable, o tal vez sencillamente aspiraciones a las que mirar en un mundo cada vez más gris. Solo hay que ver la audición de Mia hacia el final de la película: es un canto que insufla esperanzas a todo aquel que esté cansado de intentarlo, o quizás que no se atreva a hacerlo. Y ese es el mensaje con el que debería quedarse todo el mundo de La La Land: siempre, siempre hay que seguir intentándolo. Y si es de la mano de alguien tan especial como lo son Mia y Sebastian el uno para el otro, mejor que mejor.
Sin embargo, hay un componente más de la película que me ha dejado maravillada: esos tonos violáceos que tiñen el cielo de Los Ángeles en cada escena, el cambio de una estación a otra y, en general, lo vibrante de su cinematografía y su dirección en general. Damien Chazelle, de tan solo treinta y un años, se ha coronado con una película completamente perfecta en lo estético: esos planos y movimientos de cámara absolutamente pulcros a lo largo de la película y, sobre todo, ese homenaje a Los Ángeles al más puro estilo Old Hollywood que a todos nos gusta recuperar de vez en cuando.
En definitiva, La La Land es una película que, si bien encaja dentro del género musical, trasciende mucho más allá de él: es un canto al cine, a la música, a los sueños. Al Hollywood de ahora y de entonces y al jazz al más puro estilo George Michael. Y quizás reside en eso todo el magnetismo que desprende: es una gran película, pero una gran película que deja con buen sabor de boca y emociona. Una de aquellas que hace que vuelvas a casa caminando sobre una nube o bailando claqué de farola en farola, creyendo que el mundo es un lugar un poco mejor y que nada puede detener al más grande de los soñadores sea cual sea su circunstancia. Y eso es, quizás, lo más importante que puede darnos el cine: la capacidad de escapar de la realidad durante dos horas y, simplemente, soñar.



