domingo, 15 de enero de 2017

Here's to the ones who dream.

Hacía tiempo que no salía del cine tan traspuesta como lo hice anoche, después de ver La La Land en uno de los cines más curiosos de Barcelona. A lo largo de los años he visto auténticas maravillas ante la gran pantalla —Spotlight, mi favorita del año pasado, o Birdman, la del anterior, son grandes ejemplos—, pero en ningún momento había contemplado la posibilidad de que fueran películas transgresoras, de esas que acaban estudiando niños pretenciosos con gafas de pasta en clases de Historia del Cine. Porque eso es lo que va a pasar precisamente con La La Land, probablemente la película más galardonada de esta temporada de premios. Y no es para menos: es una película que hace vibrar, sentir y soñar como pocas. Con ecos de musicales chapados a la antigua y el toque personal del motivo que ya son Chazelle y el jazz, las dos horas de metraje se diluyen en una bellísima historia de amor y pasiones, unas por el piano y otras por el éxito en Hollywood.


La premisa es sencilla: chico conoce a chica en Los Ángeles, uno es pianista de jazz y la otra un intento de actriz que se pasa la vida yendo de un casting a otro sin suerte alguna. Pero la enjundia de la película no reside en la trama, ni siquiera en los vibrantes números musicales —que hacen mucho, por supuesto—, sino en el pathos tan absolutamente increíble de Mia y Sebastian y como, ante todo lo demás, apuestan por no rendirse y seguir sus sueños, para bien o para mal. La química entre Gosling y Stone es más que evidente —esta es su tercera película juntos, después de la ligera Crazy, Stupid, Love y la accidentada Gangster Squad—, y quizás es por ello por lo que todo en la película encaja de una forma tan absolutamente perfecta. 


Y es que Mia y Sebastian son dos personajes absolutamente apasionados con aquello que les gusta. Solo hay que ver la escena en la que él intenta convencerla de las grandes virtudes del jazz, con esa pasión que enciende sus palabras como cuando uno habla de algo que realmente le entusiasma: son personajes valientes, pero que sobre todo son capaces de convertirse en un espejo de todo aquel que tiene un sueño improbable, o tal vez sencillamente aspiraciones a las que mirar en un mundo cada vez más gris. Solo hay que ver la audición de Mia hacia el final de la película: es un canto que insufla esperanzas a todo aquel que esté cansado de intentarlo, o quizás que no se atreva a hacerlo. Y ese es el mensaje con el que debería quedarse todo el mundo de La La Land: siempre, siempre hay que seguir intentándolo. Y si es de la mano de alguien tan especial como lo son Mia y Sebastian el uno para el otro, mejor que mejor.


Sin embargo, hay un componente más de la película que me ha dejado maravillada: esos tonos violáceos que tiñen el cielo de Los Ángeles en cada escena, el cambio de una estación a otra y, en general, lo vibrante de su cinematografía y su dirección en general. Damien Chazelle, de tan solo treinta y un años, se ha coronado con una película completamente perfecta en lo estético: esos planos y movimientos de cámara absolutamente pulcros a lo largo de la película y, sobre todo, ese homenaje a Los Ángeles al más puro estilo Old Hollywood que a todos nos gusta recuperar de vez en cuando.


En definitiva, La La Land es una película que, si bien encaja dentro del género musical, trasciende mucho más allá de él: es un canto al cine, a la música, a los sueños. Al Hollywood de ahora y de entonces y al jazz al más puro estilo George Michael. Y quizás reside en eso todo el magnetismo que desprende: es una gran película, pero una gran película que deja con buen sabor de boca y emociona. Una de aquellas que hace que vuelvas a casa caminando sobre una nube o bailando claqué de farola en farola, creyendo que el mundo es un lugar un poco mejor y que nada puede detener al más grande de los soñadores sea cual sea su circunstancia. Y eso es, quizás, lo más importante que puede darnos el cine: la capacidad de escapar de la realidad durante dos horas y, simplemente, soñar.

miércoles, 9 de noviembre de 2016

De naranjas y locas del coño.

Sé que, probablemente, esta entrada no os suponga una sorpresa. Sé que, probablemente, hay cientos de analistas políticos de toda suerte de nacionalidades, tendencias políticas, sexos o edades que estén especulando sobre las consecuencias que van a tener las elecciones americanas en el panorama tanto nacional como internacional sabrán mucho más que yo al respecto: los hay llevándose las manos a la cabeza y los hay calculando a pasos de hormiga lo que puede suceder de aquí a seis meses, un año, dos, tres. Puede que incluso a la larga, cuando Trump sea otro nombre en el ya negro libro de los presidentes americanos —un libro curioso, en el que figuran desde actores a la Santa Trinidad de jefes de Gobierno que han sido asesinados de las formas más dispares en los últimos doscientos años—, quede olvidado como una etapa más de la Historia de ese país que hoy es la primera potencia económica de este pequeño planeta en el que vivimos. Pero, sin duda alguna, la campaña del odio y absolutamente chovinista de ese señor de pelo relativo y piel anaranjada va a tener unas consecuencias más que inmediatas en la cultura, la apariencia internacional de los Estados Unidos y, sobre todo, en las continuadas agresiones hacia las minorías del país que ha ido propugnando el candidato republicano desde que comenzó su campaña para las Primarias el pasado año.

Y es que Trump no es solo populismo conservador. La campaña de Hillary —con todos los errores que ha cometido, también sea dicho— llevaba por bandera la idea de que cualquier niña americana podría, antes o después en sus vidas, llegar a ser presidenta. El mensaje de Trump es absolutamente demoledor en este sentido: es un grito de esperanza para todos esos frat boys, protestantes y de clase media-alta, que convencen a una chica para que beba un poco más, solo porque lleva la falda demasiado corta. Esos frat boys henchidos que, con la victoria de Trump, han aprendido que un día pueden llegar a ser Presidentes de la primera potencia mundial aunque abusen sexualmente de chicas en su juventud, aunque reivindiquen políticas homófobas, misóginas, racistas y xenófobas ante una clamorosa multitud deseosa de cambio, aunque hasta los sectores más conservadores de su Partido se lleven las manos a la cabeza con sus declaraciones. Y, sobre todo, que un millonario sin ningún tipo de experiencia política puede hacer suyo un país entero. Ha quedado demostrado que si una mujer como Hillary Clinton, blanca y de más de treinta años de experiencia política, no ha conseguido llegar a la Presidencia del Gobierno, puede ser que ninguna llegue hacerlo jamás.

Esas mujeres americanas, pero que bien podríamos ser las españolas, las francesas, las turcas, las indias, las mexicanas o las japonesas. En cierto modo, todas salimos perdiendo de esta situación: igual que todos y cada uno de los miembros del colectivo LGTBQ+, extranjeros o personas de distintas razas de la blanca que vivan en Estados Unidos o tengan intención de hacerlo. Si Chomsky ya apuntaba en Requiem for an American Dream que este «sueño americano» que ha nutrido el imaginario americano a lo largo de los años no es sino una ilusión con la que han vivido los yanquis altivos de clase media durante los últimos cincuenta años, para todos estos colectivos este sueño se torna más bien en una pesadilla. La pesadilla de ser rechazados en entrevistas de trabajo, de no poder acceder a programas de becas, de ser víctimas de la exclusión social, de sufrir vejaciones en sitios tan arbitrarios como el metro, el autobús o el parque de su barrio. Esa es la América de Trump: una América hecha para ser el paraíso de cualquier WASP —White Anglo-Saxon Protestant, lo cual llega a picar más que una simple avispa— y en la que ejercer el miedo y la sumisión sobre el resto de la población.

Como mujer, tengo que decir que esta situación es, como poco, escandalizadora. No porque Estados Unidos no fuera un país inminentemente machista antes de que apareciera Trump —hay una media de 288.880 víctimas de abusos sexuales de doce años o más al año*—, ni siquiera por el hecho de haber dejado escapar la posibilidad de que una mujer dirigiera la primera potencia mundial: tiene más que ver con ese argumento que emplean aún algunos respecto al feminismo y las tesis reivindicadas por diversas mujeres, de esas a las que hay que admirar casi como madres, a lo largo de los años. Es esa pregunta tibia, casi condescendiente: ¿Y para qué eso del feminismo? A ti nadie te va a matar, tienes una casa y puedes estudiar, no te quejes.

No te quejes, que bastante estoy haciendo tolerando tu presencia en esta aula. No te quejes, que ya no te tratamos como un objeto sexual, al menos en apariencia. No te quejes, que tienes trabajo, aunque cobres menos que tus compañeros hombres en la gran parte de los casos. No te quejes, que si te acuestas con muchos eres una zorra y si no te acuestas con ninguno eres una estrecha. No te quejes, que por mucho que pidas, no vas a llegar a tomar decisiones de peso, ilusa, que eres una ilusa. Eso es lo que se empeñan en decir algunas voces —más de las que me gustaría reconocer—: se escudan en ese «no te quejes» para esconder un machismo latente y que sale a flor en cuanto las cosas se tensan mínimamente. Un machismo que se evidencia en insultos, en burlas, en gritos, o en vejaciones físicas en los casos más extremos. Lo mismo que ha reivindicado Donald Trump en diversas ocasiones: la más reciente que se conoce, al afirmar que él, llegado el caso, no tiene reparos en agarrar a una mujer de sus partes más íntimas y hacer lo que le plazca con ella.

Así, sin darnos cuenta, Trump está dando voz a todos estos machos enfurecidos que por fin —¡como si no hubieran tenido ocasiones a lo largo de la Historia!— han encontrado su voz de nuevo. Atrás quedan los reproches a las ideas «demasiado cercanas al comunismo» —citando a una reportera de Fox News; por supuesto, el canal que le ha hecho toda la campaña a Trump de forma gratuita— de Bernie Sanders, quien ahora «podría haber sido buen candidato» solo por el hecho de ser hombre. Atrás quedan las acusaciones de corrupta a Hillary, esos mails de lo que no se ha parado de hablar desde que se empezó a intuir que podría presentarse como candidata con el Partido Demócrata. Ahora estamos solos frente al peligro de cuatro años siendo los títeres de alguien como Donald Trump. 

Las consecuencias de todo esto las sabremos con el tiempo: solo cabe apuntar que, además de lo desolador del discurso del odio de su candidato, el Partido Republicano no se caracteriza por hacer buen uso del poder legislativo cuando lo obtiene. La última vez que obtuvieron los tres grandes órganos de Gobierno en unas elecciones —esto es, la Casa Blanca, la House of Representatives y el Senado— fue en 1928: lo que le siguió, como se dice, ya es Historia. Como decía Kennedy, "things do not happen, things are made to happen". Y en este caso, los estadounidenses han hecho que se desencadene un fenómeno político y social que quizás tan solo sea una mancha diminuta en la Historia de su país, pero que sin duda constituirá un antes y un después en la vida de toda mujer, persona de color, del colectivo LGTBQ+, o mínimamente progresista que haya pasado los últimos meses luchando por lo que en última instancia, hace tan solo unas horas, no han podido evitar.

Land of the free, home of the brave. ¿Pero por cuánto tiempo?


*Department of Justice, Office of Justice Programs, Bureau of Justice Statistics, National Crime Victimization Survey, 2010-2014 (2015).

jueves, 8 de enero de 2015

Charlie Hebdo.

Hago esta entrada simplemente porque este tema lleva unas veinticuatro horas taladrándome la cabeza sin parar. Y no de una forma negativa, la verdad. Le he dado muchas vueltas, he sentido mucha rabia y, sobre todo, he leído mucho (para más información me remito a hashtags tipo #JeSuisCharlie o #CharlieHebdo). Y desde luego, he tenido que leer cada sandez que ni siquiera he podido creérmelo. Después de debatirlo con mi profesora de Francés (Sara sabiendo hablar francés, mon Dieu), he llegado a la conclusión de que tenía que expresarme al respecto, aunque brevemente. No me apetece quedarme callada.

Seré breve. La revista satírica Charlie Hebdo, siempre ácida y extremadamente crítica, publicó en su día una serie de caricaturas contrarias al Estado Islámico y a algunos aspectos de la religión musulmana. Independientemente de lo irrespetuosas que fuesen dichas caricaturas — sátiras que utilizaban los dibujantes para burlarse de la sociedad en general, y no medios de comunicación «serios» como podrían ser los diarios de la ultra-derecha de Le Pen — lo que se ha cometido en el distrito once de París tiene dos calificativos: atentado terrorista y ataque a la libertad de expresión. No ha sido la religión islámica la que ha asesinado a sangre fría a dibujantes, cómicos, periodistas; ha sido el terrorismo. No han sido las caricaturas lo que lo que lo ha condicionado; ha sido el fanatismo. ¿Quién es nadie para matar en nombre de "Dios"? ¿Quién es nadie para decidir sobre la vida de una persona inocente solo por expresar una opinión de forma cómica o satírica, sin importar siquiera lo que haya dicho? ¿Quién es nadie para decidir sobre la vida de un guardia de seguridad que estaba en aquella puerta como podría haber restado en cualquier otra? ¿Quién es nadie para utilizar la religión como justificación para asesinar? Los hay que creen en el cielo, en el Paraíso, en el Más Allá. Pero yo soy de esas personas que creen que la totalidad de lo que somos se vive en la Tierra y que nadie tiene derecho a arrebatarle esa posibilidad a otra persona.

La realidad es que se lleva siglos luchando por la libertad de expresión. Y que se intente maniatar, aterrorizar y silenciar a las personas así es algo simplemente lamentable. El asesinar por haber hecho un dibujo es algo vil, nefasto y, sobre todo, inaceptable. Las personas que se empeñan en insistir en la «falta de moral» de las caricaturas no están haciendo sino restarle importancia al atentado. Otros se ensañan con la idea de que «debería existir mayor censura». Pero realmente, si se eliminaran dichas publicaciones por el mero hecho de no ser bien vistas por un sector de la población, se terminaría la libertad de expresión como la entendemos. Siempre habrá alguien ofendido. Siempre habrá alguien que desee manifestar su opinión. Estas cosas se solucionan mediante un debate pacífico, demandas a lo sumo. Pero no un asesinato. Arrebatarle la vida a alguien nunca está justificado.

Poco más me queda que decir. Solo que hoy es día de luto para todo aquel en contra del terrorismo, y también para todos aquellos que creemos fervientemente en la creatividad y la libertad de expresión. Como indica la portada de la web de El jueves, «son tiempos duros para el humor».


sábado, 6 de diciembre de 2014

Un poco de investigación.

Buenas, marcianitos que me leen. La verdad es que no sé qué hago por aquí… estoy documentándome para una cosa que quiero escribir ambientada en la IIGM (Qué raro en mí, ¿no?) y me he quedado tan helada con algunas cosas que he pensado que las tenía que compartir. Llamadlo curiosidad histórica, llamadlo aburrimiento.

Lo primero que hay que aclarar es que me estoy pringando pero bien para intentar escribir esto. Siempre que he escrito algo sobre la Segunda Guerra Mundial lo he hecho en Alemania o en Austria — los territorios naturales del Tercer Reich — pero esta vez me estoy adentrando en Checoslovaquia… lo cual tal vez sea un error, teniendo en cuenta que ni siquiera conozco Praga lo suficiente como para escribir algo sobre ella. Pero bueno, se dice que Verne escribió La vuelta al mundo en 80 días sin salir de Nantes, ¿no? Desde luego me daría con un canto en los dientes por que esto saliese la mitad de bien.

El caso es que la idea principal es trasladar la historia a los bosques de la actual República Checa. ¿Para escribir qué? Pues sobre los partisanos. Sí, comunistas, judíos y toda la pesca que se echó al bosque a matar nazis. Desde luego, es un cambio desde los pequeños burgueses de Berlín o Múnich, los obreros de Hamburgo o los judíos de Colonia que he escrito en estos últimos tiempos. Y es que me apetecía reinventarme, pero sin cambiar de época. No sé si eso último tiene mucho sentido, pero es lo que me ha llevado en parte a intentar escribir esto.

También, por otra parte, está algo que me dijo una persona a la que admiro mucho. Estaba contándole que había leído un libro maravillosamente ambientado en la Alemania nazi, pero que la historia me había decepcionado enormemente, y que ya me había pasado en varias ocasiones. Esa persona se rió y comentó, desconozco si en broma o en serio, que si tan poco me gustaban los libros que leía sobre la Segunda Guerra Mundial pero me fascinaba tanto el tema, quizás debería escribir uno yo misma. Y en estas llevo ya casi tres años, de los que no he sacado más que un puñado de cuentos que ni siquiera  me gustan e ideas que no me convencen del todo. Salvo esta.

Dicho esto, paso a comentar todo lo que he averiguado hoy acerca de los partisanos, los hermanos Bielik y la vida judía en Praga durante la Segunda Guerra Mundial. La verdad es que echaba de menos investigar sobre el tema: es, con creces, mi periodo histórico favorito y llevo sin poder dejar de interesarme por él desde que tenía unos trece años. Sin embargo, poco sabía yo de Checoslovaquia más allá de la anexión de los sudetes y la toma de Praga, además de algún que otro detalle como el del famoso «golem de Praga» que he leído en algunos libros. El gueto de Terezín, las posteriores deportaciones a Auschwitz y Treblinka… algo sabía, pero hasta hoy no me había informado del todo.

Para empezar, no tenía ni la más remota idea de que el Día del Estudiante, el 17 de noviembre, se celebra en esa fecha para conmemorar una serie de protestas que hubo en la Universidad de Praga por el asesinato de trabajadores checos a manos de los recién llegados oficiales nazis, en 1939. La protesta desembocó en nueve ejecuciones de alumnos y profesores de la universidad y más de 1.200 deportaciones a campos de trabajo alemanes, principalmente Sachsenhausen. Además, se cerraron absolutamente todas las universidades checas después del incidentes. ¿Quién dijo opresión?


Llegada de las primeras divisiones Panzer a Praga. Marzo de 1939.

También he tenido la oportunidad de encontrarme con una historia, como poco, curiosa. Buscando en el cajoncito de las historias personales de la Segunda Guerra Mundial — porque soy de la opinión de que una historia narrada por la persona que vivió todo aquello te cuenta infinitamente más que todos los libros de Historia del mundo — me he topado con una página web en la que la hija de una superviviente judía de la ciudad de Praga. En ella buscaba a los diferentes jóvenes que, con su madre, habían escapado de la ciudad en 1939 rumbo a Dinamarca, donde una serie de familias cuidaron de ellos hasta la llegada de los nazis. Llegado el momento, dichas familias se arriesgaron por aquellos jóvenes apátridas y sin familia, enviando a unos a Suecia, territorio neutral, y a otros a la consabida Tierra Prometida a la que el pueblo judío se aferraban con tanta fuerza en aquellos años tan negros.

La historia de estos muchachos me ha parecido, como poco, interesantísima. Quizás sea porque la mayoría rondaban mi edad — chicos y chicas de 14 a 17 años cuando salieron de Praga — o porque simplemente todas estas historias de resistencia, de no resignarse a la represión, son casi las que más me llegan. Aquí dejo el link al artículo.


Grupo de jóvenes checos en Dinamarca. Otoño de 1941.

También, en búsquedas como esta, llego a leer historias que me tocan el corazón con una fuerza casi impactante. En estas horas he encontrado verdaderos actos de valentía que han quedado relegados a breves artículos de periódico de los que nadie llega a leer jamás: una familia judía que pasó casi cuatro años en una cueva de Ucrania, otra que sobrevivió en los bosques checos a duras penas… Por no hablar de los niños. Decenas de niños pequeños que fueron apartados de sus familias en un intento por afianzar su supervivencia, arrancándolos por completo de todo lo que conocían. Tampoco ha dejado de impactarme el nobilísimo acto de la Resistencia belga al asaltar el vigésimo convoy de un tren a Auschwitz en mayo de 1943: gracias a dicho acto, que le costaría la vida a los tres mayores dirigentes de la operación, 113 judíos pudieron escapar de aquel infierno al que se dirigían. Entre ellos destaca Simon Gronowski quien, pese a ser hoy en día un juez reputado en Bélgica, por aquel entonces no era más que un asustado niño de once años que se salvaría de la muerte, viviendo en la clandestinidad con su padre hasta el final de la guerra tras el asalto al tren.

En concreto, este artículo de Wikipedia me ha dejado bastante impactada. En él he leído, por primera vez en mi vida, la historia de los 275 judíos de la isla de Zakynthos, al Oeste de la Península del Peloponeso en Grecia. Cuando el encargado del registro de los judíos griegos pidió al alcalde una lista con los nombres de dichos habitantes, este respondió con tan solo dos nombres: el suyo propio y el del obispo de la isla, quien había acordado colaborar con él e incluso escribió a Hitler para asegurarle que dichos judíos se hallaban bajo su protección. Mientras tanto, aprovechando el momento de confusión, todos los judíos de Zakynthos fueron escondidos por diferentes vecinos durante el resto de la guerra. Cuando en 1953 un terremoto destruyó gran parte de la isla, las primeras ayudas que recibieron fueron de Israel, alegando que «los judíos de Zakynthos nunca han olvidado a su alcalde o a su querido obispo, ni lo que hicieron por ellos».

Ya más centrada de nuevo en la trama por la que realmente he comenzado la investigación (bonita forma he tenido de irme por los laureles), me ha encantado volver a leer sobre los hermanos Bielski. Por si no os suenan, aparte de estar maravillosamente retratados por Daniel Craig, Liev Schreiber y Jamie Bell en la película Defiance (dir. Edward Zwick, 2008), fueron la más clara muestra de resistencia partisana en el Este europeo. Empezando como un campamento judío que intentaba huir de los nazis, comenzaron a organizarse y montaron una gran pequeña civilización en los bosques bielorrusas, de forma que consiguieron salvar a más de mil judíos que se fueron uniendo a ellos a lo largo de la guerra. Una historia interesante donde las haya, y una película y un libro de lo más recomendables.


Pero mirad qué monino sale Jamie Bell.

Hoy también he aprendido un montón sobre la resistencia partisana, sobre todo en la zona del centro-este Europeo. He aprendido lo que era un zemilyanka y como el tifus acabó con más partisanos que los propios nazis, así como lo brutales que resultaron aquellos inviernos polacos de hasta menos treinta y cinco grados centígrados para los partisanos quienes, vestidos con ropas pobres y mal alimentados, hicieron de resistir a la guerra una epopeya que, en gran parte, se está perdiendo hoy en día.

Supongo que, pese a quedarme un larguísimo trecho en lo que respecta a la investigación para escribir esta pequeña idea que tengo, puedo decir que la investigación de hoy ha sido bastante satisfactoria. No solo por lo que era estrictamente necesario para la documentación histórica a la hora de escribir, que siempre es esencial, sino porque he aprendido muchísimas cosas de un tema que, pese a conocer desde hace años, nunca he creído dominar del todo, simplemente porque es tan vasto y con tantas pequeñas historias que siempre hay algo nuevo que se pueda aprender. Y quién sabe, quizás plasme alguna de estas en mis pequeños protagonistas, que ya tienen nombre y apellidos, o en algún otro personaje que aparezca de la nada.

Solo habrá que esperar un poco y comprobar si, en efecto, la idea fluye. Pero de momento, me alegro de haber conocido hoy a personajes como Simon Gronowski, Josef Matoušek o el alcalde de Zakynthos.

Otros enlaces de interés (por si a alguien que lea esto le da por investigar sobre el tema):

lunes, 1 de diciembre de 2014

Eeeeey.

Siendo consciente de que nadie leerá esto, hoy simplemente me ha apetecido probar. ¿Por qué? Pues ni idea. Llega la Navidad y en cierto modo supongo que he pensado que me haría gracia dentro de un año o cosa así mirar un blog mío y decir «Oye, ¡qué retrasada era con diecisiete años!». Y supongo que también, en cierto modo, reflexionar un poco sobre lo que quiero hacer con mi vida ahora y lo que querré hacer entonces (que será lo mismo, supongo: leer, comer y ver series. Pero quién sabe).


Y casarme con este hombre. No os olvidéis de eso. Es importante.

En cualquier caso, supongo que aquí pega una especie de presentación. Me llamo Sara (aunque eso ya lo sabéis, porque si alguien va a leer esto será alguien que me conozca muy bien), tengo diecisiete años y lo que viene a ser unas ganas mortales de irme de mi ciudad, de mi instituto y de todo en general de una vez por todas. Como igual habéis adivinado, lo que más me gusta hacer es leer y estudiar todo lo relacionado con los libros y la lectura. Por eso mismo, espero estar el año que viene por esta fecha amargada con los primeros globales de Estudis Literaris en la Universidad de Barcelona. Mis libros favoritos son Cien años de soledad, Suite Francesa, París era una fiesta, El gran Gatsby, El guardián entre el centeno, El lápiz del carpintero y Los girasoles ciegos.

Aparte de los libros, probablemente la otra cosa que más me gusta son las series y las películas. ¿Mis series favoritas? The Office, Parks and Recreation, Juego de Tronos y Shameless. No son muchas, pero son la que más hueco se han hecho en mi corazoncito, aunque quizás la primera tendría que ser mi favorita que no se nota para nada, eh. Nada de nada. Respecto a las pelis, mis favoritas son Los amigos de Peter, El club de la lucha, El talento de Mr. Ripley, El Pianista, La lista de Schindler, Annie Hall, Antes del Amanecer, El Resplandor, Malditos Bastardos, Good Bye Lenin!, Submarine, Viaje a Darjeeling… por nombrar algunas.


A Oliver le habría molado The Office, yo lo sé.

Y bueno… de mí queda poco más que decir. Básicamente creo que iré largando por aquí las cosas que se me ocurran: tonterías, reflexiones, quejas varias por exámenes o mi clase… lo que sea, ya se me irá ocurriendo. De momento creo que, por dar un poco más la tabarra, voy a hablar en unos cuantos puntos de lo que espero del 2015.

Espero, para diciembre de 2015, haber:
  • Aprendido catalán para entender las clases de la universidad, porque si no voy bien dada.
  • Ido al BBK con Andrea, Sara y Carol.
  • Ido de viaje a algún sitio chu-chu-chuli con mis amigos de fin de curso.
  • Leído tantos o más libros como he leído este año.
  • Visto más películas que este año, que para lo que suelo ver han sido pocas.
  • Terminado Arrested Development y Person of Interest, que son las dos series que estoy siguiendo ahora. Vale, de PoI solo llevo un capítulo, pero dadme tiempo.
  • Escrito algo que merezca la pena, porque llevo un tiempo sin saber ni cómo coger el boli.
  • Sacado Segundo de Bachillerato con buenas notas.

Y creo que poco más. Nada imposible, ¿no? Aunque habrá que ver cómo se desarrolla el año. 2014 no ha estado nada pero que nada mal, así que espero que 2015 sea igual o mejor. Mientras que no vuelva a repetirse 2013… de momento no me queda nada más que decir, así que supongo que ya iré apareciendo por aquí en momentos random para publicar lo que sea. ¡Gracias por leerme, mis 0 lectores! Yo también os quiero.

Señores, como se dice en mi pueblo mentira, no tengo pueblo, pero es que queda bonito decirlo así: Hasta luego, Lucas.